Pigmalión de andar por casa

En el ámbito de la psicología social y de la educación es común entre profesionales escucharnos hablar acerca del conocido “efecto Pigmalión” o “de la profecía autocumplida” -ya hablamos de ello en este espacio-. Este enigmático nombre lo toma de la leyenda de Pigmalión, recreada por el poeta Ovidio en “Las Metamorfosis”, y a nivel práctico -para explicarlo-, solemos decir que “las expectativas y creencias de una persona influyen en el rendimiento de otra”.

A finales de los años 60, Robert Rosenthal y Lenore Jacobson desarrollaron un interesantísimo estudio bajo el nombre “Pigmalión en el aula” a fin de comprobar el verdadero potencial de dicho principio. Para el estudio se tomó a un grupo de alumnos de primaria al que antes del inicio del curso se les había pasado una prueba que medía sus capacidades intelectuales, tras ello se informó al profesorado haciendo ver expresamente los alumnos que habían obtenido mejores resultados e indicando que era de esperar que estos alumnos a lo largo del curso obtuvieran mejores resultados que el resto de compañeros. Realmente, el profesorado fue engañado y tal prueba de medición de las capacidades intelectuales al inicio de curso nunca se administró y los “supuestos alumnos destacados” fueron escogidos al azar. Sin embargo, al finalizar el curso se cumplió (profecía autoumplida) que estos “supuestos alumnos destacados” obtuvieron mejores resultados que sus compañeros. La explicación es simple, el profesorado con la creación de expectativas sobre ese grupo de alumnos, de forma inconsciente, actuó a favor de la concreción de la expectativa. Posiblemente sus comentarios, sus actitudes, su forma de dirigirse a estos alumnos, su confianza en ellos, … generaron el clima adecuado para que la profecía se autocumpliera. A menudo se dice a partir de este estudio que “el/la docente es el instrumento didáctico más potente que existe en el proceso de enseñanza/aprendizaje”.

Las madres y padres de hoy hemos crecido bajo una tradición machista, inculcada durante siglos también de madres y padres a hijas/os, depositando expectativas y estereotipos muy diferentes para uno y otro género. De un tiempo a esta parte vivimos un momento importante en las calles, el movimiento feminista trae una ola de energía y valor que está inundando los barrios, las aceras, el aire -que se hace mucho más fresco-, pero la labor más importante como siempre está en las casas, en las expectativas que depositamos en nuestros hijos/as, en los mensajes que día a día les trasladamos, en la posibilidad de ofrecerles ropas de cualquier color independientemente de su género, en la seguridad de recordarles que obviamente los niños también lloran y las niñas son también heroicas, campeonas, salvadoras, … en el gesto de trasladarles nuestras debilidades como padres y nuestras fortalezas como madres y a la inversa, como personas en definitiva, en la forma de comunicarnos respetuosamente en el seno familiar, en la forma de dirigirnos hacia ellas/os como respetables personas de corta de edad, en cada gesto amable que suponga condenar cualquier forma de violencia de género, verbal, psicológica, social o física, en cada deseo de éxito en disciplinas que supuestamente están predestinadas para “el otro género”, en cada nombre de profesión citando la posibilidad de que sea chico o chica, en cada muestra de respeto -citando expresamente la posibilidad-  de que nuestra hija/o se sienta atraída/o por personas del otro o del mismo sexo, o ambos, en definitiva con “pigmalión de andar por casa”, depositando expectativas realistas, positivas sin carga alguna de estereotipos de género para que la profecía de un mundo de igualdad de derechos y oportunidades reales para todas/os se autocumpla.



(Texto para la revista escolar La Locomotora -nº 50- del Colegio Público Sto. Tomás de Aquino, Badajoz)